[ ADJUNTO_1.1 // La Herradura del Diablo ]
El viento en la sierra de Durango no corre; raspa. Quienes viven en los pueblos pequeños saben que cuando el aire de la noche silba entre los cañones, es mejor atrancar las puertas y no mirar por las rendijas. Don Tomás siempre decía que la oscuridad de la montaña tiene ojos, y que algunos de ellos pertenecen a cosas que olvidaron su propio nombre hace siglos.
Mateo no creía en esas cosas. Tenía veinticuatro años y la terquedad grabada en las manos con las que labraba la tierra. Esa noche regresaba tarde de buscar una novilla que se había descarriado cerca del cañón del Infiernillo. Montaba su caballo, un robusto alazán que conocía las veredas de piedra como la palma de su casco.
La luna era apenas una uña pálida en el cielo. El único sonido era el golpeteo rítmico de los cascos contra la roca. Tac, tac, tac.
De pronto, el alazán se detuvo en seco. Levantó las orejas y dejó escapar un bufido rancio, un sonido de puro terror animal. Mateo espoleó los costados del caballo, pero el animal se plantó, temblando desde los corvejones hasta la cruz.
Entonces Mateo lo escuchó.
A unos veinte metros adelante, oculto por la sombra de los mezquites, algo venía caminando por el mismo sendero. Pero no era el andar de una res, ni el de un coyote, ni el de un hombre. Era un compás asimétrico y pesado.
Clack... shock... clack... shock.
El primer sonido era el golpe seco de un casco de hierro contra la piedra; el segundo, el arrastre blando de algo membranoso, como una pesada pata de cabra hundiéndose en la tierra suelta.
Mateo sintió cómo la sangre se le convertía en hielo. Intentó hacer dar la vuelta al alazán, pero el caballo parecía tener las patas clavadas al suelo por un magnetismo invisible. El aire comenzó a oler a azufre y a rastrojo quemado, un hedor espeso que se metía en la garganta y hacía difícil respirar.
De la densidad de los matorrales emergió una silueta. Era alta, rompiendo la línea de los arbustos, pero avanzaba encorvada. La luz de la luna apenas alcanzó a reflejar dos detalles: la silueta vestía una manta vieja que goteaba un líquido oscuro y, por debajo del dobladillo harapiento, se asomaba una extremidad calcificada, una pezuña pulida que brillaba con el frío de la noche. La otra pata era una garra enorme, deforme, que cavaba el suelo con saña.
La cosa se detuvo. No tenía rostro, o al menos la sombra de la manta no permitía ver más que dos cuencas vacías de las que emanaba un calor que hacía vibrar el aire del desierto.
Mateo, con los dedos entumecidos por el pánico, recordó el consejo que su abuelo le dio cuando era niño: «Si te topas con lo innombrable en el cerro, no le receles, no le hables y, sobre todo, no dejes que mida tu miedo».
El joven cerró los ojos, apretó las riendas con la fuerza que le quedaba y, en lugar de rezar, comenzó a maldecir en voz baja, con la rabia del hombre que se niega a ser devorado en el olvido. Insultó al viento, a la noche y a la figura que tenía enfrente.
El ser de la manta soltó un siseo largo, como el de una fogata que se apaga con agua de golpe. Dio un paso hacia el frente, haciendo sonar la herradura contra la roca con una fuerza que hizo eco en todo el cañón. El alazán soltó un relincho desgarrador, pero el dolor pareció romper el embrujo. El caballo dio un salto hacia atrás, liberándose de la parálisis, y emprendió una carrera ciega colina abajo.
Mateo no miró atrás. Escuchó el galope asimétrico perseguirlos durante unos doscientos metros, un clack-shock enfurecido que parecía brotar de la misma tierra, hasta que cruzaron el arroyo seco que marcaba el límite de las tierras comunales. Ahí, la persecución cesó.
Al llegar al rancho, el caballo cayó exhausto, bañado en un sudor blanco y espeso. Cuando Mateo bajó, temblando, revisó al animal. En el flanco trasero del alazán, la piel estaba quemada. No era una herida de garra; era la marca perfecta de una herradura circular, grabada a fuego, que todavía desprendía un leve hilo de humo gris bajo las estrellas.